martes, 31 de enero de 2017

Elena Fortún, su vida

Todo comenzó en la calle Bailén 1, enfrente del Palacio Real de Madrid. Encarnación Aragoneses Urquijo (nombre real de Elena Fortún), nació en la madrugada del 18 de noviembre de 1885. Su padre, Leocadio Aragoneses oriundo de Abades, Segovia, era alabardero real en el momento en el que Encarna vino al mundo. Su madre, Manuela Urquijo, procedía de una familia vasca venida a menos. Los primeros años de Encarna transcurrieron tranquilos entre Madrid  y Segovia, recibiendo una educación de lo más convencional, como correspondía a las niñas de clase media en aquellos años, aprendían a leer, a escribir, algo de aritmética,  geografía e historia, a coser y poco más.  Su madre le repetía que una chica de su condición, sin dinero, sin padre que aportara el sustento (había muerto en 1904) sólo tenía como única salida el matrimonio.

Encarna, fue una niña muy solitaria, por su salud frágil y por las reticencias de su madre a que se juntase con otros niños y, en especial, con los que no fueran de su clase social. Así que comienza en seguida a aficionarse a la lectura y a desatar su espíritu soñador.

Elena Fortún

En 1906 se casa con un primo segundo suyo, Eusebio de Gorbea, militar de profesión y literato vocacional. Este matrimonio, aunque no perfecto para Encarna sí que le ayudará a conocer el Madrid más literario e intelectual, ya que Eusebio era un gran aficionado al teatro y formó parte de las compañías teatrales más en boga en aquel momento desde la de Valle-Inclán a la de Lorca. Encarna siempre se sintió, sobre todo en aquellos años, muy inferior intelectualmente a su marido y lamentaba enormemente la escasa educación que había recibido. Esto la llevó años más tarde a ser una incansable estudiante, siempre haciendo gala de unas inagotables ganas de aprender.

Por el trabajo de Eusebio, el matrimonio vivió los primeros años de matrimonio en diferentes lugares de España. Tuvieron dos hijos, Luis y Manuel (Bolín). Y todo transcurría con más o menos normalidad hasta que, en 1920, a los 10 años de edad, muere de encefalitis el hijo pequeño, Bolín. Esta tragedia fue devastadora para el matrimonio y la espiritualidad de Encarna, la llevó, en su afán por no querer desprenderse del espíritu de su hijo a buscar un tipo de religión, ya que en aquellos momentos la religión católica no era una opción para ella, que diera sentido a la vida. Esta búsqueda de la espiritualidad será una constante en toda su vida y la llevará a investigar sobre diferentes filosofías y doctrinas como el teosofismo que la pareja practicó en aquella época.

En 1922, destinan a Eusebio a Santa Cruz de Tenerife y allí vivirán durante dos años. Esta estancia fue lo mejor que le pudo pasar a Encarna en aquellos momentos, para ella supuso un remanso de paz, donde se recupera físicamente de su mala salud y cura el dolor por la pérdida de su hijo. Allí coincidirán, además, con la familia Díez-Hernández que supondrá para ella, la gran inspiración para los personajes de Celia (Florinda y Félix, hijos del matrimonio, le inspirarán a Celia y Cuchifritín respectivamente) y de la que saldrá la amistad más duradera que tendrá en su vida y que ni la distancia logrará enfriar, la que entablará con Mercedes Hernández, la madre de aquella extensa familia que será el contrapunto de sensatez al que Encarna recurrirá en numerosas ocasiones. Es gracias a la correspondencia que mantiene con Mercedes y sus hijas que Marisol Dorao (su biógrafa) pudo conocer muchos aspectos y hechos de la vida de Encarna, de la que tan poco se sabía.

Es además, esta estancia la que la hace iniciarse en las cuestiones literarias, más en concreto en el periodismo. Ya que comienza su carrera colaborando en La Prensa, diario editado en Santa Cruz de Tenerife.

De vuelta a Madrid, con su hijo mayor ya adolescente, Encarna, lejos de llevar una vida convencional de esposa y madre, comienza una etapa de auténtica vorágine de trabajo y estudio. Es en estos años cuando colabora en las revistas Royal y La Moda Práctica y se convierte en una de las socias más activas del Lyceum Club. Como cuenta Carmen Martín Gaite: “… una de las socias más asiduas del Lyceum Club, a lo largo de los 13 años que permaneció abierto fue Encarnación Aragoneses Urquijo, señora de Gorbea. Allí se convirtió en Elena Fortún.”

Su amistad con María Lejárraga será la que marcará un antes y un después en su trayectoria como escritora. Lejárraga, tras leer las anotaciones que Encarna ha hecho de anécdotas, conversaciones y situaciones que vivió en El Retiro, cuando llevaba a sus hijos a jugar allí, la convence de su gracia, su facilidad y su espontaneidad para reflejar ese mundo infantil y le presenta a Torcuato Luca de Tena para el que comenzará a escribir en su suplemento infantil de Blanco y Negro, Gente Menuda. Según Martín Gaite, María Lejárraga “fue la verdadera mentora espiritual de Elena Fortún, su Virgilio en el camino de las letras.” De esta forma el 24 de junio de 1928, Encarna publicaba por primera vez, como Luisa, un cuento breve de Celia, Celia dice a su madre, escrito en forma de diálogo. Unos meses más tarde, en concreto, el 6 de enero de 1929 se publica Celia sueña en la Noche de Reyes convirtiéndose desde entonces en un personaje habitual en las páginas de Gente Menuda. A partir del 20 de enero será una sección fija del suplemento: “Celia dice”.

Celia, el personaje que creó Elena Fortún

La serie tuvo tanto éxito que, Manuel Aguilar, le ofrece crear libros con las aventuras de Celia. En 1934 comienzan a publicarse los libros y en 1935 firmará con él en exclusiva: Celia, lo que dice, Celia en el colegio y Celia novelista, serán los primeros libros y Encarna será para el gran público Elena Fortún (pseudómino que toma de la protagonista de uno de los libros de su marido).

Y mientras cosecha su éxito, Encarna, incansable trabajadora, se matriculará, en 1932, en Biblioteconomía en la Residencia de Señoritas y dos años más tarde conseguirá su título. Además, da clases de técnica del cuento infantil y manera de contarlo y edita y lidera la revista Libros editada por un grupo de bibliotecarias formadas, como ella, en la Residencia de Señoritas.

Son, sin duda, los mejores años de Encarna que, como le confiesa a su amiga Mercedes, se siente rejuvenecer y se ve liberada de las ocupaciones de ama de casa que, por edad (rozando los 50) y por condición social se suponía que debía ejercer. En 1934, escribe en una carta a Merceditas, la hija de su amiga:

“… el caso es que yo no soy madre, ni señora de mi casa, ni señora mayor ni todas esas cosas que por clasificación me corresponden. Tengo 25 años un poco escasos, más de dos mil amigas entre 12 y 15 años, y no tengo pasado. Todo el porvenir como un camino ancho, alegre y lleno de sol delante de mí.”

Con el comienzo de la Guerra Civil, la vida de Encarna se ve truncada. Toda la febril actividad literaria y su vida en Madrid se vienen abajo. Su marido, militar republicano tiene que huir y su hijo, ya casado, huye a Suiza con su familia política. Encarna partió sola a Francia en busca de su esposo y de su hijo y tras una breve estancia en París, el matrimonio se embarcó hacia Buenos Aires, mientras que su hijo, comenzó su nueva vida en Estados Unidos.

En Buenos Aires, gracias a la ayuda de algunas exiliadas como la escenógrafa Victorina Durán Encarna pronto consigue trabajo en el Registro Civil, a la vez que intenta versionar sus libros de Celia adaptándolos a las peculiaridades del español que se habla en Argentina, con escaso éxito. En Argentina escribe Celia institutriz que, para la autora “Es un libro muy antipático, por lo menos yo le tengo una gran antipatía. Es uno de esos libros que se hacen de encargo y, ¡así salen ellos!”, según le escribe a Carmen Conde. También colaborará en algún periódico, y mientras, su marido, se hunde sin conseguir sacar a flote ningún escrito importante, Encarna, intenta mantener una alta actividad profesional, en parte también, su trabajo es el que mayores ingresos les reportan.

Pero a nivel personal, Buenos Aires supone un punto de inflexión para Encarna, ya que allí conoce a la que será su mejor amiga en la última etapa de su vida: Inés Field y recuperará la religiosidad perdida y su reencuentro con un catolicismo que dista mucho del que conoció en España, dogmático, oscurantista y anclado en el pasado.

Encarna volvió a España en 1948 para continuar su contacto con Aguilar, para futuras publicaciones. Su marido se suicida en Buenos Aires y ella, tras pasar unos meses en Estados Unidos con su hijo y su nuera, decide volver a España definitivamente, pero no a Madrid. Escribe a Carmen Conde en 1950:

“En Madrid no puedo vivir. Está lleno de recuerdos dolorosos que no me dejarían rehacerme. Barcelona me gusta. Se parece a Buenos Aires en su parte nueva y luego tiene ese magnífico barrio gótico que da la sensación de haber vuelto a la patria. No conozco a nadie y eso es también una ventaja para volver a la vida.”

En Barcelona vivirá en un piso con unas mujeres que le alquilan una habitación. Desde allí, seguirá su contacto con Aguilar y seguirá publicando artículos. Pero son años de mucha soledad para Encarna en las que sigue manteniendo una intensa actividad epistolar, sobre todo con sus amigas Mercedes Hernández e Inés Field. Esa soledad, en la que se recluye, sólo será interrumpida por la visita de una joven Carmen Laforet con la que comienza una bonita amistad y alguna visita esporádica de sus conocidas.

A principios de 1951, Encarna ingresa en la clínica Puig D’Olena en Barcelona. Meses después, cada vez más enferma y gracias a las gestiones de su amiga Carolina Regidor y a Manuel Aguilar, Encarna es trasladada a Madrid ingresa en el Sanatorio de Santa Julia donde muere el 8 de mayo de 1952, víctima de un cáncer de pulmón.


FUENTES
- Marisol Dorao, Los mil sueños de Elena Fortún. Alcornoque Ediciones, 2001.
- Mª Jesús Fraga Fernández-Cuevas, Elena Fortún, Periodista. Editorial Pliegos, 2013.
- Carmen Martín Gaite, Pesquisa tardía sobre Elena Fortún (prólogo de Celia, lo que dice)  Madrid, Alianza, 1992.
- Mª Jesús Fraga Fernández-Cuevas, Elena Fortún y Carmen Conde. Memoria de una amistad en ocho cartas. Clarín, 119, 2015.


Este post forma parte del proyecto Adopta una autora

miércoles, 18 de enero de 2017

La la land, por los locos que sueñan

Yo empecé a amar el cine a una edad que me resulta demasiado temprana para recordar, pero lo que puedo asegurar es que fue gracias a las películas de la época dorada de Hollywood, con Cary Grant, con Katharine Hepburn y Spencer Tracy, con Bette Davies, con Paul Newman, con James Stewart por citar algunos. Y por supuesto, si amo el cine la culpa la tienen las películas musicales. Que con 12 años prefiriera adorar a Fred Astaire o Gene Kelly antes que a Michael Jackson o a John Travolta, me convertía en bicho raro, pero yo crecí con aquellos musicales fantásticos que me siguen encantando y que veía una y otra vez. Yo siempre me sentía un poco como la Cecilia de La Rosa Púrpura de El Cairo que miraba absorta cómo Fred Astaire y Ginger Rogers se enamoraban bailando Chick to chick de Irving Berlin.


Así que lo más echo de menos en el cine es que no se hagan musicales, porque en los musicales reside toda la magia que el cine nos puede regalar. Porque sí, el cine refleja la vida y la reinterpreta, pero cuando la vida se reinterpreta con música todo cambia. Porque todo lo que ocurre en la vida lo podemos encontrar en el cine, menos a gente cantando y bailando por la calle y por eso la vida es mágica en el cine y por eso, lo mejor para evadirse por unas horas de este mundo aterrador e incierto en el que vivimos es disfrutar de un musical y creer que sí, que se puede bailar en las estrellas. Y por ello cuando algún loco se atreve a hacer un musical irremediablemente tengo que verlo. Al joven director Damien Chazelle le debemos que ahora podamos disfrutar de una película tan memorable como La la land, y a su compositor Justin Hurwitz que podamos disfrutar de una banda sonora que no se puede dejar de escuchar, la pareja responsable de la genial Whiplash. Con talentos así, todavía hay esperanza para el cine.



Sí, como todo el mundo está diciendo, La la land recupera el mejor cine musical, le rinde el mejor de los homenajes posibles y lejos de parecer una película anquilosada en el tiempo por el uso de antiguos recursos como cortinillas o fundidos a negro, la convierte en una película totalmente fresca y actual, donde el más refinado lenguaje audiovisual se pone al servicio de la historia y de su música. No es sólo un musical, es cine del bueno, del que sólo se puede disfrutar en el cine en Cinemascope. La película es una oda al cine clásico y al jazz, porque es puro jazz, porque, en realidad, los musicales de los 30, 40 y 50 eran puro jazz gracias a las composiciones de Irving Berlin, los hermanos Gershwin, Cole Porter o Leonard Bernstein.



Creo honestamente que Fred Astaire estaría orgulloso por cómo están filmados los números de baile, en plano general, sin fragmentar al bailarín en planos cortos, como él exigía, Gene Kelly adoraría el audaz y complejo número con el que abre la película (que parece ser un impresionante plano secuencia) y el homenaje descarado a sus números finales de películas como Cantando bajo la lluvia y un Americano en París.



Se suele decir que falta originalidad en el cine de Hollywood actual, con sus mil adaptaciones, sus vergonzantes remakes y entonces llega un director brillante con un compositor aún más brillante y se sacan de la manga una película preciosa, estilizada, elegante, brillante, melancólica y llena de vida a la vez. Una película que sus protagonistas Emma Stone y Ryan Gosling elevan a lo más alto del cine actual con su carisma y naturalidad, con su pasión y su profesionalidad. La la land se merece todos los premios que pueda ganar en la temporada que ahora comienza (confío en que lo de los Globos de Oro no se quede en anécdota).


Por cierto, estoy deseando volver a verla. Mientras, escucho su música en una especie de sinfin obsesivo.


martes, 10 de enero de 2017

¿Por qué he adoptado a Elena Fortún?

Cuando me decidí a participar en el proyecto de Adopta una autora, no tardé mucho en decantarme por Elena Fortún. Tuve alguna duda, porque acababa de leer un libro que me había gustado mucho La historia del amor de Nicole Krauss y me intrigaba esta autora estadounidense de mi generación. Pero no me terminaba de convencer. Y el nombre de Elena pululaba alrededor de mí, como una niña tirándome de la falda intentando llamar mi atención. Una niña que me iba a demandar esfuerzo, ilusión y ganas de aprender. Y tras barajar otros nombres como Stella Gibbons o María Teresa León decidí que Elena tenía que ser la elegida para ser mi primera autora adoptada.

Yo a Elena (que no era Elena si no Encarna) la he conocido hace poco, no me siento orgullosa de esta ignorancia, pero mejor tarde, y ahora ya no me puedo separar de ella. Todo sucedió el pasado mes de octubre. En la biblioteca de mi barrio, que no tenía nombre, comenzaron a aparecer expositores con periódicos donde publicó artículos, libros suyos, libros sobre ella, marca páginas y actividades relacionadas con Elena Fortún que, según parecía, era la escritora de Celia. A Celia sí que la conocía porque en los años 80 hubo una serie de televisión, a la que yo no le había prestado demasiada atención, porque todo lo que fuera español, antiguo y con una niña rubia con lazo, no me atraía para nada. La intransigencia y la ignorancia de la juventud, me hicieron pasar por alto una parte muy importante de nuestra cultura.

Y por qué ese boom de cosas relacionadas con Elena Fortún, pues porque la biblioteca de mi barrio no tenía nombre y su nombre, a partir de entonces, iba a ser el suyo. Me intrigó, no por nada en particular, si no porque desde hace un par de años todo lo que tenga que ver con mujeres que hicieron y hacen cosas de las que apenas se habla me interesa, así que empecé a indagar. Primeramente fui a Internet, claro, y ahí encontré el audio de unas conferencias que dio Carmen Martín Gaite en la Fundación Juan March a principio de los 90 sobre Elena Fortún. Las descargué en la tablet y comencé a escuchar. Fascinada, no sólo por cómo lo contaba Carmen, sino por lo que contaba, iba por la casa con la tablet, mi hija me preguntaba intrigada quién era esa señora que hablaba, yo iba limpiando de una habitación a otra con la tablet en la mano. Y ahí comenzó el idilio que continuó el lunes siguiente cuando en la biblioteca se presentó oficialmente el nombre de la biblioteca con una mesa redonda sobre Elena Fortún. Se puede decir que yo era de las más jóvenes de la sala (y eso que ya peino muchas canas), había personas muy ancianas allí. La directora de la biblioteca hizo una introducción muy apasionada y luego hablaron María Jesús Fraga Fernández-Cuevas y Nuria Capdevilla-Agüelles (dos de las personas que más saben sobre Elena Fortún) y una breve intervención de Paloma Gómez Borrero. Aquella tarde ya no pude ignorar nunca más a Elena y a su Celia. Saqué libros de la biblioteca y nuestro idilio pasó a relación, Elena formaba ya parte de mi vida y no sólo de la mía, porque lo más bonito de todo, no es sólo lo que estoy descubriendo y aprendiendo de esta increíble mujer, si no que mi hija hace un alto en sus Harry Potter y Diarios de Nicky para que leamos juntas Celia y no me deja que lea sin ella y según van pasando las peripecias de Celia, vamos constatando que Celia es genial. Así que sí, como todo el mundo decía aquella tarde de octubre, Celia ha sobrevivido a los años, a las décadas, a generaciones de niños y, aunque a mí se me escapó, el interés que Celia ha despertado en mi hija, cuya vida es tan diferente de la de las niñas de hace cien años, demuestra que Elena Fortún creó lo que sólo hacen los grandes, un personaje capaz de sobrevivir el paso del tiempo.

Elena Fortún y Celia, merecen todo el reconocimiento que se les pueda hacer. Merecen ser leídas, disfrutadas y admiradas. Afortunadamente, podemos disfrutar de nuevas reediciones de sus libros y de la publicación póstuma de su novela más personal Oculto Sendero. Y próximamente, iré publicando post sobre Elena (que era Encarna) y aportaré mi humilde granito de arena para que todo el mundo sepa lo maravillosa que fue y la importancia de su aportación a nuestra literatura.

Ah, sí, la biblioteca ahora es Biblioteca de Retiro Elena Fortún y cuando vas llegando un enorme cartel te recibe con una preciosa ilustración de Fernando Vicente en la que Elena, con sus enormes y expresivos ojos sostiene un libro de Celia. Y Elena nos dice a todos los que pasamos el umbral: “Sólo quiero leer, leer todos los libros que hay en el mundo…”



Este post forma parte del proyecto Adopta una autora.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Lolito

Lolito

Hace unos tres años, en la Feria del Libro de Madrid paramos en la caseta de la editorial Blackie Books. Aquel día yo iba buscando una edición preciosa de Cándido de Voltaire que Blackie había publicado con ilustraciones de Quentin Blake. Mientras yo echaba un vistazo al libro que, de antemano, había decidido comprar, mi chico hablaba con la editora que estaba en la caseta de un libro del que él había oído hablar por ahí: Lolito. Según parecía había tenido un éxito increíble y el autor era un chaval inglés que apenas había superado la veintena: Ben Brooks. Ella hablaba de Lolito con una pasión absoluta y de Ben Brooks con una gran simpatía, nos decía que había estado firmando libros y que se había desatado una auténtica locura. Yo, que soy muy clásica en cuestiones de literatura, seguía con mi Cándido en la mano y no daba mucho crédito a las bondades del (en aquel momento) imberbe escritor inglés.

Sin embargo, Lolito salía de vez en cuando a relucir en diferentes conversaciones en casa. Lolito siempre se colaba de un modo u otro en nuestras futuras lecturas. Tiempo después, mi chico decidió que lo iba a pedir para que lo trajeran a la biblioteca del barrio. Supongo que él tampoco se fiaba demasiado de un libro para el que, seguramente ya éramos demasiado mayores.

Gracias a él, Lolito llegó a nuestra biblioteca del barrio (y además la enterior novela de Brooks, Crezco, y la última, Hurra) y, por fin, puedo decir que lo he leído y también puedo decir que me quito el sombrero ante Ben Brooks, porque escribe como los ángeles, porque me ha divertido un montón, me ha emocionado, me ha escandalizado, me ha sorprendido y, hasta me ha hecho identificarme con Etgar, su protagonista, y su miedo al Exterior (con mayúsculas). Es un libro estupendo.

Ahora entiendo la pasión con la que la editora de Blackie Books hablaba de este libro, y es que, sinceramente, no esperaba mucho, no esperaba que me gustara, entre otras cosas, porque ¿qué hago yo leyendo un libro escrito por un chico de 19 años sobre un adolescente de 15? Y sin embargo me ha cautivado, seguramente su estilo, rápido, directo, sin tabúes, honesto y sincero. Una historia sobre un chico de 15 años, Etgar, que mientras sus padres están de viaje tiene que lidiar con el descubrimiento de que su novia, que también está de viaje, le puso los cuernos. Durante esos días en los que está solo, beberá, mirará vídeos por Intenet y conocerá a una mujer mayor en un chat para adultos.

Como madre es un libro que me asusta. La precocidad de los adolescentes de hoy en día, me da bastante miedo. El alcohol, las drogas, el sexo, Internet están incorporados con absoluta naturalidad a su vida, aunque también la soledad y la desidia, el propio Ben Brooks ha afirmado en alguna ocasión que si no fuera escritor, todavía se pasaría los días bebiendo en un parque. Pero como lectora me ha encantado la forma en que está escrito y me ha enganchado de una forma increíble. La estructura de la novela, cómo avanza la historia sin perder un ápice de frescura, de ritmo y de buen hacer, deja claro que este a este chico le han bendecido las musas con el don de la escritura, para que los padres pasemos por alto las barbaridades de su generación y simplemente disfrutemos de su literatura sacudiéndonos los prejuicios.

lunes, 5 de diciembre de 2016

NaNoWriMo, balance

Terminó noviembre y por lo tanto el plazo para escribir una novela de 50.000 palabras. El reto, no es imposible, en realidad son unas 1.600 palabras que se pueden escribir perfectamente en un par de horas, eso sí, si la inspiración ha venido a visitarte en ese momento y sabes exactamente qué escribir.

Al final me quedé a unas poquitas miles de terminar. Pero bueno, supongo que no gestioné demasiado bien el tiempo, para empezar comencé como el día 5 de noviembre así que ya entré con un pequeño desfase que tenía que ir superando día a día. Después vinieron algunos días en los que no escribí (aunque ahí sí que fueron pocos) y otros en los que aunque me ponía no conseguí pasar de las 1.000 palabras. Por lo tanto, al final, tenía demasiado trabajo acumulado y poco tiempo para realizarlo.

A pesar de madrugar los fines de semana, delegar algunas responsabilidades en casa y encerrarme alguna que otra tarde en la habitación de mi hija, no conseguí acabar. Además, los primeros días pensaba demasiado y escribía demasiado poco, algo que dejé de hacer los últimos días, pese a que escribía cosas que no me gustaban nada. Pero el proceso fue muy positivo y me encantó volver a tener en mente un proyecto creativo que me abstrajera del día a día. Los últimos días, de hecho, no podía pensar en otra cosa, me sentía nerviosa y tenía un dolor de cuello terrible, hasta que me di cuenta de que no podría terminar y me relajé, por fin.

En cualquier caso, puedo decir que estoy bastante contenta con lo que hice. Tengo que concluir la historia y cuando lo haya hecho la dejaré reposar unos meses. La releeré y veré qué se puede sacar de ahí, porque aunque hay partes de las que estoy bastante orgullosa hay otras que seguramente cuando las vuelva a leer me resultarán de lo más bochornosas.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

NaNoWriMo, sobreviviendo... apenas

Voy mal, voy muy mal. Ya lo he dejado para el último momento. Así que debo muchas palabras al contador del NaNoWrimo, creo que llevo más litros de té bebidos que palabras escritas. Pero no pienso abandonar. Pienso seguir escribiendo hasta el último día.

El principio fue difícil. Empecé tarde, me distraía no conseguía entrar en la historia. Estos últimos días estoy cogiendo, por fin, un buen ritmo, aunque sólo sea porque estoy dando el último apretón y soy la reina del dejarlo todo para el último momento.

Aún así, no desfallezco. Creo que he pecado de pensar mucho y escribir poco. Ahora borro menos, es decir que aunque no me guste mucho la frase sigo adelante. Ya lo corregiré. Soy consciente de que cuando relea lo que he escrito me va a parecer un horror, pero bueno sabré que he sido capaz de escribir algo parecido a una novela. ¡Aunque sea impublicable!

Soy consciente de los cambios de estilo, puff. No puedo entretenerme en eso. Tengo una amiga de la protagonista embarazada y ni si quiera me acuerdo de quién es, y la pobre sigue embarazada porque no me acordé de hacerle un hueco para que diera a luz. En fin, que al final todo puede terminar siendo un despropósito. Pero no puedo pensar en ello ahora. Mi historia tiene que seguir.

Apuro los minutos, los ratos y sólo cuando sigo el consejo de Zadie Smith “no te conectes a Internet”, es cuando más avanzo y consigo sumergirme en la historia. En fin, que ya sólo queda menos de una semana y a mí me queda más de la mitad para cumplir el reto. Tengo que seguir, porque lo voy a conseguir.


viernes, 11 de noviembre de 2016

Hay un lugar mágico en París


Cuenta la leyenda que hay un lugar mágico en París. Un lugar pequeño, viejo, con un cierto desorden, un lugar lleno de libros. Según dicen esta librería la abrió un señor americano, un tal George Whitman enfrente de Notre Damme, en la ribera izquierda del Sena, la más bella de París. La llamó Le Mistral en 1951, pero pasados unos años, en abril de 1964, en el 4º centenario del nacimiento de William Shakespeare le cambió el nombre. Y recuperó el de una librería especializada en literatura de habla inglesa Shakespeare and Company, que abrió en 1919 una mujer, también americana como él.

Los más viejos del lugar, recuerdan aquella primera Shakespeare and Company que abrió aquella mujer de New Jersey, Sylvia Beach, y que se convirtió, en los años 20, en todo un referente literario y cultural de aquel París de entreguerras. Por allí, primero en la rue Dupuytren y después en el número 12 de la rue de l’Odéon, pasaron los grandes nombres de la literatura, el arte y la intelectualidad de la época: Ezra Pound, Gertrude Stein, Man Ray, Scott Fitzgerald. También se cuenta, que Sylvia Beach no era sólo una apasionada librera si no que publicó en 1922 el Ulysses de James Joyce que había sido prohibido en Estados Unidos y Gran Bretaña, y que también se implicó en la publicación del primer libro de su compatriota Ernst Hemingway: Three Stories and Ten Poems. Dicen que tuvo que cerrar durante la ocupación de Francia en 1941, según la leyenda porque se negó a venderle a un oficial alemán la última copia de Finnegans Wake de Joyce.

No cabe duda, que George Whitman fue un digno sucesor de Sylvia Beach pues impregnó a su librería del espíritu inquieto de aquella estupenda mujer y tardó poco tiempo en que el nuevo Shakespeare & Co se convirtiera en la viva imagen de aquel primer proyecto interrumpido por la barbarie de la guerra; por ella pasaron Allen Ginsberg, Gregory Corso, William S. Burroughs, Anaïs Nin, Julio Cortázar, Richard Wright, Lawrence Durrell, Max Ernest, Bertolt Brecht entre otros muchos.

Lo más sorprendente de todo es que quien ha estado allí afirma que la librería esconde camas y lugares donde escritores de todas partes del mundo pasan temporadas ayudando en la tienda y escribiendo, los llaman los Tumbleweed y fue el propio Whitman el que, desde un primer momento abrió las puertas de su librería a escritores invitándoles a dormir en improvisadas camas pegadas a las estanterías. Los tres requisitos que se les exige: leer un libro al día, ayudar en la tienda y escribir una página autobiográfica para los archivos de George Whitman.


Para mí, la visita a Shakespeare&Co estuvo llena de emoción. Porque nadie te ha hablado de ella, ni te ha dicho que la visites, pero tú has descubierto su existencia, has leído sobre ella y quieres pisar ese suelo, quieres ver esas angostas habitaciones decoradas con abarrotadas estanterías, quieres oler los libros, quieres sentir la historia de la literatura contemporánea, quieres haber estado allí. Por unos momentos, por unos minutos has formado parte de ese lugar tan especial. Has visto las camas camufladas, has leído las notas que han dejado los que allí han pernoctado, has escuchado el piano que, de forma espontánea alguien ha tocado, has mirado por las ventanas del patio, has tomado fotos furtivas y te has sido feliz, porque sabes que como gran amante de los libros y de las librerías ése es el lugar donde tienes que estar al menos una vez y quién sabe si más.

Las fotos furtivas, sin flash y sin molestar.